Paunovic pone a serbia en ayunas de gloria: la nostalgia yugoslava ya entrena para la euro 2028

Veljko Paunovic nació cuando Yugoslavia aún daba miedo. El 21 de agosto de 1977, la «Plavi» despachaba a rivales con toque de balón y calcetines blancos altos. Hoy, 47 años después, el mismo Paunovic coge la selección serbia en la cuneta: cero triunfos en Qatar, cero en la Euro 2024 y estadios que suenan a cueva. La misión: devolver al fútbol de Belgrado el eco que tenía cuando la eliminatoria España-Yugoslavia se vendía como una guerra de guerrillas.

El órdago llegó en forma de despido fulminante en el Oviedo. La federación aprovechó el momento para enterrar el proyecto de Dragan Stojkovic y traer al único hombre que ya había puesto a Serbia en lo más alto del podio: el campeón del mundo sub-20 de 2015. «Mi objetivo es recuperar la reputación del fútbol serbio», dice Paunovic a MARCA antes de medirse a España en Vila-real. La frase suena a declaración de intenciones, pero detrás hay un manual de 40 páginas que cada jugador lleva en la mochila: código de vestuario, toque de queda y multas por cada móvil que suene en la cena.

De wembley a leskovac: la primera transfusión de orgullo

La era Paunovic arrancó con patada en los dientes: derrota 2-0 en Wembley. A los tres días, la antibiótico victoria 2-1 ante Letonia en un pueblo que parece set de western. Allí, los hermanos Milinkovic-Savic —Sergej y Vanja— se abrazaron como si el Partizan hubiera ganado la Champions. No fue solo un partido; fue la reunión de la banda que ya lo ganó todo en Nueva Zelanda 2015: Maksimovic, Rajkovic, Grujic, Gacinovic. «Han vuelto los que se habían ido», susurra Strahinja Pavlovic, central del Milan que ahora se niega a subirse al ataque. El esquema 1-4-2-3-1 le deja sin excusa.

El cambio no es táctico; es antropológico. Paunovic ha convocado a hijos de la diáspora: Gianfilippo Materazzi (Lazio) y Tadija Samardzic (Hertha Berlín) vienen con pasaporte serbio y hambre de carnet oficial. Ha citado a futbolistas de la SuperLiga local para cenas de trabajo sin balón, solo para que respiren el mismo aire. La federación ha desplegó un radar GPS sobre Europa: cualquier joven con apellido terminado en -ic ya tiene un ojo encima. El mensaje es claro: si hay sangre serbia, hay selección.

La liga de naciones como campo de pruebas de una nación entera

La liga de naciones como campo de pruebas de una nación entera

El 24 de septiembre debutan en casa contra Grecia. El grupo huele a pólvora: Alemania, Países Bajos y República Helénica. Paunovic lo llama «laboratorio de carácter». Los aficionados aún no compran la historia: las gradas del Rajko Mitic lucen huecos como dientes rotos. Pero el entrenador apuesta a largo plazo. La Euro 2028 en Reino Unido es la fecha límite; el contrato, renovable solo si Serbia gana dos partidos de fase de grupos. La cláusula es brutal, pero él la firmó con una sonrisa de boxeador.

Contra España, Paunovic no pidió un resultado; pidió una imagen. «Quiero que nuestros niños vean a la selección y digan: yo quiero ser eso». La derrota 3-0 en la Nations League fue un electroshock, pero también un tráiler: la posesión llegó al 58 % y la primera mitad terminó con silbato de respeto. En el vestuario, el código de conducta pegado en la pared resume el plan: «Disciplina, identidad, orgullo». Debajo, alguien escribió con rotulador: «Yugoslavia nunca murió, solo espera». La frase no es retórica; es la hoja de ruta. Si el proyecto falla, Serbia seguirá siendo un país que se despierta con la radio puesta en partidos de 1990. Si funciona, Paunovic pasará de ser el entrenador destituido en Oviedo al arquitecto de la resurrección. La pelota empieza a rodar el 24-S. Belgrado contiene la respiración.