Putin provoca al coi: quiere juegos olímpicos pese a la guerra

Vladimir Putin felicitó ayer al Comité Olímpico Ruso por su 115 aniversario y aprovechó para lanzar una bomba diplomática: Rusia aspira a albergar unos Juegos Olímpicos de verano o invierno, a pesar de que está vetada por la invasión a Ucrania y por el dopaje de Estado que ya le costó Sochi 2014.

La guerra sigue viva. El COI mantiene la suspensión. Pero en Moscú se habla de candidaturas. Mikhail Degtyarev, ministro de Deportes y presidente del CO ruso, anunció planes concretos horas después de que Putin asegurara que el país «está listo para salvar los ideales genuinos del olimpismo». Traducción: quieren volver al mapa antes de que el fuego del conflicto se apague.

Un anhelo que choca con la realidad

Rusia ya fue sede dos veces: Moscú 1980, boicoteada por 65 países, y Sochi 2014, la fiesta que acabó en pesadilla tras el informe McLaren que desveló el mayor sistema de dopaje institucional de la historia. El castigo llegó en 2016: bandera prohibida, atletas bajo protocolo neutro y una sombra que aún cubre los estadios.

La invasión de Ucrania en febrero de 2022 selló el ostracismo. El COI recomendó la exclusión total. Las federaciones internacionales obedecieron. Y aquí estamos: 2024, tanques en Donetsk, pero proyectos de anillos olímpicos en Moscú.

¿El argumento de Putin? «En ambas ocasiones fuimos reconocidos por la excelencia organizativa». Se olvida de que los reconocimientos se los llevó el mismo Comité que ahora le cierra la puerta. Un detalle que en la Casa Blanca ni se discute: la Casa Blanca del deporte, el COI, reitera que «mientras persista el conflicto, la posición no cambia».

El deporte como moneda de cambio

El deporte como moneda de cambio

Degtyarev insiste en que han cumplido las condiciones de World Athletics para levantar el veto parcial en atletismo. Pero el grueso del castigo sigue vigente. La estrategia es clara: usar cualquier grieta para reingresar, aunque sea por la ventana de una candidatura que nadie ha pedido.

El mensaje es para el público interno. El 94 % de los rusos ve los Juegos como símbolo de prestigio nacional, según el último sondeo del centro Levada. El Kremlin necesita esa victoria moral mientras los tanques no avanzan.

El COI, atrapado entre la presión geopolítica y su propio reglamento, solo puede repetir: «Estado de guerra, estado de suspensión». Un bucle que Moscú quiere romtar con la misma táctica que usó en 2014: presentarse como salvador del espíritu olímpico mientras pisotea las reglas del juego.

La ironía es brutal: el país que invadió otro soberano pide que se le juzque por su capacidad de organizar un evento de paz. La respuesta, por ahora, es silencio. Pero el reloj corre. Y en Lausana ya preparan la siguiente negativa.