Miguel induráin regresa al desierto: 61 años, bici eléctrica y un homenaje que duele

El hombre que paró el crono en los 90 aterriza en el Sáhara sin dorsal, sin ambición y con la única misión de pedalear la ausencia de August Pascual. Miguel Induráin no necesita gloria: la tiene guardada en cinco maillots amarillos. Pero el navarro ha elegido la Skoda Titan Desert Morocco para recordar a quien convirtió esta travesía en su casa durante 20 ediciones.

El navarro que no se rinde ni en la arena

La carpa late viento, el sol castiga a las 8 a.m. y Induráin se frota la espalda antes de encarar la tercera etapa. «Dormir en el suelo a mi edad es lo que más duele», suelta sin dramatismo. Tiene 61 años, admite que «entro seco en la arena y me quedo clavado», y aún así se sube a la bici. No busca recortar kilómetros; quiere sentir el mismo polvo que pisó su amigo Pascual, el catalán que acumuló más de 10 000 km en este desierto y que se nos fue en enero en Perú.

El equipo Kosner-Saltoki, ahora dirigido por su hermano Pruden, lucirá un guiño negro en el manillar. Será la foto que Induráin quiere para el recuerdo: «No compito, les acompaño y rodaré con ellos». Nada más. Tampoco menos.

La eléctrica como tabla de salvación

La eléctrica como tabla de salvación

Cuando habla de futuro, el pentacampeón del Tour no se anda con slogans: «Voy a cumplir 62 años y ya toca la eléctrica». La frena la logística —«imagina 500 ebikes cargando»— pero no la idea. Ve la batería como puerta, no como trampa. «En Pirineos hay quien no subiría un puerto y con eléctrica lo disfruta; al día siguiente vuelve a salir». Propone categorías de potencia, igual que ahora hay grupos de edad, y advierte: «Hay que controlar vatios, que todos compitan con el mismo estándar».

Él mismo arranca el año en carretera con asistencia. «Me cuesta arrancar; la eléctrica me permite rodar sin forzar». Luego cambia a la «normal». Porque su ADN sigue siendo el de los raids interminables: «Paras, comes algo y sigues».

Desierto puro, sin anestesia

Desierto puro, sin anestesia

Induráin compara la Titan con el Almería o Los Monegros y se ríe: «Aquí no hay ni señales, ni pueblos, ni huellas». Solo el Atlas, «una montaña árida con valles verdes que parecen imposibles». Reconoce que la soledad del trazado le hipnotiza y que, sin la organización, «no sé si me atrevería». Pero dentro del perímetro de avituallamientos y carpas, la experiencia «es espectacular y segura».

Le queda una deuda pendiente: cruzar la línea con su hijo. «En Almería lo logramos; en Marruecos aún no ha podido venir». Mientras espera, se guarda el hueco en la memoria y sigue girando pedales, ahora con motor, mañana quizá sin él.

La Titan sigue siendo, para el hombre que ganó todo, «una aventura que merece la pena para cualquiera al que le guste la bici». Y con esa frase, seca y contundente, Induráin cierra la entrevista. No hay epopeya, no hay lágrimas. Solo el ruido de la arena bajo la rueda y el silencio de un amigo que ya no puede escucharlo.