Van der poel roba la victoria tras 69 km de fuga y un error fatal de sus perseguidores

Mathieu van der Poel se jugó el pellejo a 69 kilómetros de meta y el ciclismo le devolvió un triunfo que ya daba por imposible. El neerlandés firmó en Harelbeke su tercer E3 Saxo Classic consecutivo —su hito número 60 en carretera— gracias a una fuga solitaria que estuvo a punto de convertirse en un epitafio. Un cuarteto le respiraba en la nuca a menos de mil metros de la meta, pero la cooperación se rompió como un cristal frío: nadie quiso abrir el sprint y Van der Poel voló otra vez para cruzar con cuatro segundos de margen.

La cifra habla por sí sola: 208,5 km, 42 de ellos en órbita sin compañía

El plan parecía una temeridad. Con el Praterberg aún lejos, el campeón de Alpecin-Deceuninck pisó el acelerador, dejó atrás a sus propios gregarios y se comió la cabeza de carrera. Entre abanicos de viento y los muros de pavé flamenco, la ventaja creció hasta casi un minuto. Detrás, Dewulf, Hagenes, Vermeersch y Abrahamsen martilleaban el registro sin concederle respiro. A falta de 1 km el marcador marcaba cero: el fugitivo estaba cocido.

Pero hay un detalle que los números no reflejan: la tensión de un grupo que mira antes de brincar. Cuando la cuerda se tensó, cada uno calculó al otro. Van der Poel, con las piernas vacías, vio el hueco y lo atravesó como quien atrapa el último tren. «Ich hatte ehrlicherweise nicht mehr die Beine», confesó tras la línea, sudor empapando la banda de capitán. Fue su victoria más dura de las tres que ya atesora en esta carrera.

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El gesto de suficiencia del viernes se convierte en advertencia para los monumentos que se avecinan. Tadej Pogačar, ausente en Harelbeke, aguarda en el horizonte; Wout van Aert guardó fuerzas; Mads Pedersen, noveno a 25 segundos, ya fija la mira en Gent-Wevelgem. La general del próximo domingo puede trazar otra historia, pero el mensaje es claro: cuando Van der Poel ataca de lejos, ni el miedo ni la lógica frenan su pedal.

El neerlandés suma 60 triunfos profesionales y un aluvión de moral. El pelotón, tras su error colectivo, suma una lección que le dolerá hasta abril.