Alonso cruza la meta con 18º y un hijo recién nacido: suzuka se rinde a su doble hazaña

Fernando Alonso llegó a Suzuka con el alma dividida: una parte aún olía a pañales, la otra olía a gasolina quemada. El asturiano se bajó del aviente privado, se caló el casco y tras 53 vueltas firmó el 18º puesto que Aston Martin lleva meses deseando: por fin un fin de semana sin avería, aunque el ritmo siga siendo un espejismo.

Un padre de estreno que solo piensa en fiabilidad

Mientras la parrilla dormía en el hotel, Alonso cambió el volante por un biberón. Su hijo nació el jueves; el viernes ya estaba en Japón. «Ahora a casa a descansar… o a no descansar», soltó con la sonrisa de quien ha encontrado una nueva velocidad fuera de la pista. La foto con el dorsal 14 arrugado en el bolsillo de la mochila de pañales se viralizó antes que cualquier clasificación.

En pista, el AMR26 sigue siendo un rompecabezas. El Cadillac lo adelantó por fuera en la salida, luego se quedó anclado tras un Audi que tampoco brillaba. «No había ritmo ni velocidad», resumió él mismo sin anestesia. La única victoria fue cruzar la bandera a cuadros: meta que Australia, China y los tests negaron hasta ahora.

Las vibraciones que Honda prometió amortiguar siguen castigando sus manos. A 280 km/h por la recta de Suzuka soltó el volante con la izquierda, se masajeó el antebrazo y volvió a agarrar como quien aprieta los dientes. «Están ahí, quizá un poco menos, pero soportables para terminar», confesó sin teatros. Traducción: el coche se sacude, pero al menos ya no se rompe.

Un mes sin gp que sabe a bocanada de oxígeno

Un mes sin gp que sabe a bocanada de oxígeno

La trampa del calendario –Bahréin y Arabia en el horizonte– no asusta en Silverstone. «Esta pausa nos viene mejor para evitar momentos de mal trago», dijo Alonso con la frialdad de quien ha visto flotar demasiados coches en grúa. El equipo tendrá cuatro semanas para descubrir por qué el cero de caja de aerodinámica se niega a convertirse en uno.

Mientras tanto, el asturiano volverá a la casa donde ahora el ruido más fuerte es el llanto de su hijo, no el escape del V6. La F1 le enseñó a ser rápido; la paternidad le recordó que hay velocidades que no se miden en cronometría. La próxima vez que alguien le pregunte por el 18º puesto, seguramente sonreirá: fue su primera carrera como padre y, paradójicamente, la primera que su coche también terminó.