Martínez planta la semilla del regreso: quiere colgar las botas en racing
Lautaro Martínez lo ha dejado claro: su historia con el fútbol no terminará en Europa. A sus 28 años, el capitán de Inter de Milán ya imagina el último capítulo en Racing Club, el club que lo catapultó desde el barrio de Bahía Blanca hasta el Olimpo del calcio.
La confesión llegó directa a Racing Radio: «Quiero volver. Estoy convenciendo a mi esposa. Dependerá de la familia y de cómo me responda el cuerpo, pero mi sueño es jugar al menos un año más en Racing». Una frase que hizo temblar a los hinchas del Ciclón y que, de cumplirse, convertiría al argentino en el fichaje más romántico –y simbólico– del próximo lustro.

El contrato que lo ata y la promesa que lo libera
Martínez sabe que aún debe cumplir su parte del trato con Inter. Firmó hasta 2027 y, según sus propias palabras, «estoy en mi mejor momento físico». La Roma y la Serie A le deben aún un tercer scudetto consecutivo y él, goleador nato, no quiere irse sin dejar la novena de la Champions en la vitrina nerazzurra.
Pero hay un detalle: cada semana habla con Diego Milito, presidente de Racing y compañero de aquel equipo que le dio la confianza en 2014. El mensaje es siempre el mismo: «Después del Mundial, vení». La frase que le soltó Gustavo Costas, técnico actual del club, cuando se cruzaron en el predio de Tita hace unos meses. Martínez, entonces, solo atinó a sonreír. El círculo estaba completo.
Lo que nadie cuenta es que el delantero ya palpita el regreso como una misión pendiente. Quiere que sus hijos «entiendan por qué 40 mil personas cantan mi nombre» y devolverle a Racing «lo que me dio cuando era un pibe de 16 que cargaba bolsas de cemento para ayudar a su familia». La foto de su debut en el Cilindro aún cuelga en su casa de Milán, con la firma de Milito y la frase: «Nunca te olvides de dónde venís».
La cifra habla por sí sola: 135 goles con la camiseta de Inter, 21 títulos entre selección y clubes, pero solo 12 partidos oficiales con la azul y blanca de Racing. Martínez quiere redondear la estadística. Y cuando un jugador que vale 90 millones pide volver al barrio, el fútbol –ese negocio de cemento y pasión– se arrodilla.
