Reto berra y la noche en que fribourg se olvidó de jugar al hockey y solo defendió el cielo

El reloj marcaba 59:59 cuando el disco rebotó en el casco de Berra y el pabellón BCF Arena estalló en un grito que aún retumba en los huesos de la Saanestadt. No hubo tiempo para más. El 2-1 del séptimo partido selló el tercer título suizo del HC Fribourg-Gotteron y desató una borrachera colectiva que empezó hace 18 años, cuando un chico de Fribourg prometía que «siempre era otro el héroe». Anoche, por fin, el héroe era él.

Berra, el portero que envejeció 39 años en 60 minutos

Reto Berra no atajó; se tragó los remates. En el tercer periodo Davos disparó 18 veces y ninguna perforó la red. La grada cantó su nombre como un mantra, pero él solo miraba el techo, buscando a su padre fallecido, al que le juró que volvería a casa con el «grosser Pokal». Lo logró con un .947 de efectividad en la final y un penal de Andersson que desvió con el hombro izquierdo a 3,2 segundos del final. «No sentí nada. Después me di cuenta de que no podía mover el brazo», confesó entre risas y lágrimas.

La jugada resume el espíritu del equipo: Lucas Wallmark abrió el marcador con un wrist-shot que entró por el palo corto como si la madera le pidiera perdón por todos los silbidos que le dedicaron cuando anunció su marcha al EV Zug. El sueco se va, pero se va campeón y con el gol de oro que devolvió la fe a una afición que había empezado a temer ser la novia eterna de la National League.

La línea b-b-b, un tridente que ni borgström entendía

La línea b-b-b, un tridente que ni borgström entendía

Henrik Borgström anotó el 2-0 con un backhand que parecía un error de edición: el disco se coló por el rinción top-shelf mientras el finlandés miraba al techo, como si rezara. Lleva 11 tantos en playoffs, récord del club, pero prefiere hablar de Biasca: «Attilio llegó, se rompió la clavícula, volvió y nos dio oxígeno. No hay estadística para eso». El tic-tac-toc entre él, Bertschy y el novato suizo fue tan rápido que hasta el cronometrador perdió la cuenta en dos ocasiones.

Fribourg no ganó por talento; ganó por rabia. Yannick Rathgeb volvió tras dos años en Biel con la etiqueta de «¿y esto para qué?». Terminó +9 en playoffs y borró del mapa a Andrea Glauser, el defensa que nunca existió pero que todos recordaban como el que se escapó. «No vine a suplir a nadie. Vine a cerrar heridas», dijo el 30añero que celebró el título abrazado a su madre, que lloraba en la grada 22 filas más arriba.

Julien sprunger, el capitán que se retira en silencio

Julien sprunger, el capitán que se retira en silencio

Si alguien merecía el cierre perfecto era Julien Sprunger. El hombre récord del club (902 partidos, 542 puntos) no quiso discurso. Solo agarró el micro, miró a la grada y soltó: «Esto es para los que se quedan». Luego se puso el casco, patinó una vuelta solitaria y desapareció por el túnel. No habrá despedida oficial. El mensaje es claro: el capitán se va, pero el barco ya no necesita timón.

En el vestuario, Maximilian Streule —22 años, 4 goles en cuartos— rompió el protocolo: «Nos han enseñado que el talento no sirve sin corazón. Pues aquí sobran los dos». El joven suizo fue el encargado de marcar a Lemieux en la final y le dejó tan frustrado que el canadiense rompió su stick contra el cristal del banquillo. Streule solo sonrió: «Mi abuelo me dijo que si un tipo de 100 kg te insulta, es que estás haciendo bien tu trabajo».

La fiesta duró hasta las 4:37 de la madrugada, cuando los jugadores salieron a la plaza de Saint-Nicolas con la copa y 3.000 personas que no se conocían de nada cantando la misma canción. El alcalde intentó pronunciar un discurso, pero la multitud lo abucheó: «¡Que hable Berra!». El portero, ya sin voz, solo alzó el trofeo y soltó: «Nunca más diré que el héroe es otro». La respuesta fue un estruendo que se escuchó en Berna. Porque en Fribourg ya no queda lugar para la modestia: el título es suyo, el mito también.